Los hoteles más lujosos del mundo: turismo sostenible en las cosas simples

¿Menú de almohadas, tina con doce ambientes de luz, cepillo desechable personalizado? Los excesos de la industria hotelera anuncian que es momento de volver al origen e implementar prácticas de turismo sostenible. Más seguido que no, los parajes menos intervenidos son los que esconden los hoteles más lujosos y las experiencias más memorables.

 
Campamento en las faldas del volcán Cotopaxi en Ecuador. Turismo sostenible o sustentable. ¿Cómo viajar de manera responsable? Turismo sostenible y viajeros responsables.

Campamento en las faldas del volcán Cotopaxi en Ecuador.

 

Luego de tres vuelos, miles de kilómetros recorridos y un cuerpo que aprovecha cualquier oportunidad para recordarme que ya no soy una quinceañera, he llegado a mi destino. Para la Real Academia, el lugar es demasiado remoto y el nombre indigno de hispanizar, para los grupos hoteleros más exclusivos, el paraíso nunca fue tan rentable.

Digamos, para efectos de localización, que estoy en un edén del Sudeste Asiático. Y digamos, también, que al cansancio que resulta de cambiar a la Virgen de Guadalupe por Buda, se suma el desconcierto. “Buenas noches, señor Gutt, bienvenido a casa”. Nadie, nunca, me ha recibido con una sonrisa de ese tamaño en mi casa. Mucho menos, con una reverencia cabizbaja.

Debe ser, supongo, uno de esos hábitos de apropiación cultural que a los hoteles de lujo les fascina adoptar en la exoticidad del tercer mundo. En otras circunstancias preguntaría por el origen del gesto, recalcando que no es necesario agachar la cabeza para hablarme. Ahora no, el jet lag ha ganado la batalla y solo tengo energía para avisar que he llegado a mi destino y caer rendido.

¿Hotel de lujo?:
Cinco estrellas y poco internet

En la habitación me espera una botella de vino y una red obstinada. En aras de ofrecer una conexión burdamente rápida, estoy obligado a elegir entre internet gratuito e internet veloz. En cualquiera de los casos, sin éxito. Tengo que llamar a la recepción para que un técnico redentor acuda a mi rescate. Mi nombre, insiste la red, no se escribe como lo he hecho toda la vida.

Estamos en una montaña, remota, en un hotel que cobra 800 dólares por noche. ¿Es necesaria una red con candado y un técnico que dice estar acostumbrado a salvar a los huéspedes de la desconexión? Probablemente no. A cambio de sacrificar estrellas y personal técnico, otras propiedades en la región ofrecen conexiones tan sencillas de acceder como las de casa. La mía, por ejemplo, donde nadie me recibe con reverencias, pero donde la red no me cambia el nombre.

Internet es un tema sensible, plagado de regulaciones regionales y políticas de privacidad que no conviene tomar a la ligera. Por eso, aunque sea a regañadientes, estoy dispuesto a resignarme. Hágase la voluntad del técnico y venga a mí el internet cuando quiera. Ahora bien, una cosa es problematizar el complejo mundo de la red y otra, bastante más ridícula, es problematizar el sencillo mundo de las persianas, las tinas y las almohadas.

Tecnología de más:
Amenidades que no hacen falta

En más de una ocasión, esos mismos hoteles que se juran a la vanguardia, me han invitado a gozar los beneficios de persianas fotosensibles, televisiones inteligentes y tinas cromo terapéuticas, un término elegante para referirse a un despliegue de luces muy Fiebre de sábado por la noche. Todos estos son lujos inocuos, pero todavía más innecesarios.

Quizás, solo quizás, la primera vez que uno se encuentra frente a una pantalla que le saluda de nombre se deja impresionar. La sorpresa, en cualquier caso, se desgasta de inmediato. Pronto, para ejecutar una acción básica de esas que toda la vida tomaron 15 segundos, uno se descubre invirtiendo horas de su tiempo y descargando aplicaciones móviles que no quiere y tampoco necesita.

“Cerrar las cortinas”, digo. “Prender las bocinas”, responde mi teléfono. Tal vez mi dicción deja mucho que desear. O tal vez todavía están trabajando en comandos de voz capaces de reconocer ese acento que solo a Sofía Vergara se le perdona. Mientras lo descifran toca esperar al técnico. Y después, guardar bajo llave la nota donde está escrita la secuencia de comandos que cierra las cortinas incómodamente automáticas.

El hotel ideal:
Comodidad, servicio y hospitalidad

En un acto desesperado por justificar habitaciones de miles de dólares, que poco tienen que ver con demanda y costos de operación, los hoteles más exclusivos del mundo han olvidado sus prioridades. En nombre de la excentricidad banal, más de una propiedad respaldada por un logotipo respetado ha sacrificado lo que ofrece en esencia: comodidad y servicio.

Hasta el día de hoy, no he conocido a una sola persona que elija un hotel sobre otro porque las luces cutres de sus tinas abarcan un rango más amplio del catálogo pantone. Eso sí, más de una vez he escuchado de visitas técnicas a horas indignas de la madrugada porque uno se descubre incapaz de apagar sistemas de sonido o de cargar su celular sin que eso implique dejar alguna luz encendida.

No tengo nada contra la tecnología. Sin embargo, cuando se trata de la industria de la hospitalidad, espero que la innovación esté a mi servicio y no al revés. No estoy dispuesto, ni de broma, a leer un catálogo del tamaño de En busca del tiempo perdido para elegir una almohada que utilizaré tres noches. Tampoco quiero bajar aplicaciones para regular la temperatura de la regadera ni necesito un espejo tocador que se transforma en pantalla de cine con un botón.

Volver al origen:
Pilar del turismo sostenible

Añoro los días en que los hoteles estaban más preocupados por contratar personal de recepción para no hacer filas que técnicos para resolver problemas generados en casa. Por eso, no tomaré como una ofensa personal que una televisión no me salude al llegar a mi habitación. Y aceptaré, siempre, la ardua labor de abrir y cerrar ventanas cada vez que sea necesario. Por supuesto, manualmente y sin ayuda. Si ese es el precio que tenemos que pagar para volver a las andadas, creo que es justo y necesario.

Me acuerdo de la noche que pasé al aire libre en un jacuzzi calentado con leña en Kingston, un pueblo perdido en los desiertos de Nevada. También me acuerdo de despertar al son de garzas y changos en Nanciyaga, unas cabañas ecológicas en la reserva veracruzana de Los Tuxtlas. Y nunca se me va a olvidar la noche que acampé en las faldas del volcán Cotopaxi, cuando un par inesperado de quenas me hizo salir de la tienda antes de lo previsto. Del hotel en el Sudeste Asiático recuerdo la historia del técnico... cosas que pasan cuando nos conformamos con cinco, habiendo millones de estrellas.

 
Jacuzzi al calor de la leña en Mile End en Nevada. Turismo sostenible o sustentable. Hoteles ecológicos y prácticas sostenibles en la industria del turismo. Turismo sostenible y viajeros responsables.

Jacuzzi al calor de la leña en el pueblo de Kingston. Nevada, Estados Unidos.

Cabañas rústicas en Nanciyaga, Veracruz. Turismo sostenible. Turismo sustentable. El hotel ideal. Hoteles ecológicos, turismo sostenible y conservación. Turismo sostenible y viajeros responsables.

Cabañas rústicas en Nanciyaga. Veracruz, México.

 

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Publicado el 19 de junio de 2020 por Marck Gutt | Don Viajes.
Última actualización: 25 de julio de 2022.

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